La medida sacudió los mercados asiáticos y encendió la volatilidad en Europa y Wall Street.
Los contenedores ya no viajan solos: una nueva ronda en la guerra comercial entre China y Estados Unidos acaba de comenzar. Este viernes, el régimen de Xi Jinping anunció que elevará al 125% los aranceles sobre las importaciones estadounidenses, en una respuesta directa a los gravámenes que impuso Washington días atrás. La medida, que entra en vigor mañana, se anunció con tono desafiante: “Nuestra paciencia tiene un límite”, dice el comunicado oficial del Consejo de Estado.
Mientras el cruce arancelario escala, las bolsas tiemblan. Tokio arrancó en caída libre, Hong Kong logró revertir el golpe, y Seúl no pudo escapar al rojo. En Europa, el repunte inicial se desvaneció en minutos, y los futuros de Wall Street comenzaron a deslizarse con pérdidas. Las principales economías del mundo observan el tablero con cautela, sabiendo que cualquier movimiento en falso puede recalentar una tensión que ya no distingue aliados de rivales.
El discurso chino apunta al corazón del orden económico global: acusa a Estados Unidos de actuar con “coerción” y “unilateralismo” y promete resistir hasta el final. Aunque el impacto práctico de los nuevos aranceles sería limitado —Pekín afirma que muchos productos estadounidenses ya no tienen mercado real en China—, la señal es clara: no habrá retroceso sin concesiones.
La escalada no solo refleja el deterioro de las relaciones bilaterales, sino que sella un mensaje para el resto del mundo: los tiempos del diálogo tibio han quedado atrás. En su lugar, emerge un nuevo campo de batalla donde las tarifas reemplazan a la diplomacia, y cada punto porcentual es una jugada política con efectos globales.
