En el calor del barrio 23 de Enero, Caracas, el silencio se ha visto interrumpido por una aterradora señal de amedrentamiento: una ‘X’ negra pintada en las viviendas. Este no es un simple símbolo, sino una declaración de guerra por parte del régimen de Nicolás Maduro contra aquellos que se atreven a desafiarlo.
Las viviendas en este barrio emblemático, alguna vez un bastión del chavismo, están marcadas con una ‘X’ que sirve como un estigma de disidencia. La marca no discrimina: ni siquiera los que no han alzado la voz ni han participado en manifestaciones se han librado de este brutal sello.

El politólogo Nicmer Evans describe esta práctica como una forma de represión que se acerca peligrosamente al fascismo, una forma de castigo colectivo que hace eco de tácticas antiguas de control y miedo. “Este tipo de acciones va más allá del nacionalismo. Estamos viendo una represión sistemática que recuerda a las prácticas totalitarias”, asegura Evans.
Esta marca de la opresión no es un fenómeno nuevo. Cinco años atrás, el régimen ya había comenzado a marcar las casas de líderes comunitarios opositores en el estado Táchira. Ahora, el ciclo de represión se repite, intensificado por el ambiente de miedo que domina la vida cotidiana en Caracas.
Tamara Sujú, abogada y defensora de derechos humanos, ha llevado este nuevo episodio de persecución ante la Corte Penal Internacional. Sujú compara estas marcas con las tácticas nazis, sugiriendo que la represión en Venezuela ha alcanzado un nivel escalofriante de vigilancia y hostigamiento. “Es un patrón de represión diseñado para aterrorizarnos. Nos están diciendo ‘sabemos quién eres, dónde vives, y estamos observándote’”, explica Sujú.
